Cita con la muerte by Christie Agatha

Cita con la muerte by Christie Agatha

Author:Christie, Agatha [Christie, Agatha]
Format: epub
Tags: Unknown
Publisher: Unknown
Published: 2009-12-28T22:21:57+00:00


Poirot la miró: sus manos crispadas furiosamente entre las flores silvestres, la

pálida rigidez de su cara.

No contestó. De hecho, se vio liberado de la obligación de hacerlo por Gerard, que en

ese momento tocó su hombro y le dijo:

- ¡Mire!

Una muchacha vagabundeaba por la ladera de la colina. Se movía con una gracia

rítmica y extraña que, de algún modo, le daba una apariencia casi irreal. Su cabello, de

color rojo dorado, brillaba al sol. Una extraña y sigilosa sonrisa levantaba las

hermosas comisuras de sus labios. Poirot respiró hondo.

- ¡Qué hermosa! - exclamó -. ¡Qué extraña y conmovedoramente hermosa! ¡Así es

como debería ser representada Ofelia, como una joven diosa que se ha perdido

viniendo de otro mundo, feliz porque ha escapado de esos lazos que son las alegrías y

las penas humanas!

- Sí, sí. Tiene razón - dijo Gerard -. Es un rostro para soñar con él, ¿verdad? Yo he

soñado con él. En medio de la fiebre, abrí los ojos y vi esa cara, con su dulce y etérea

sonrisa... Fue un hermoso sueño del que lamenté despertarme...

Después, volviendo a su tono normal, dijo:

- Es Ginebra Boynton.

CAPÍTULO XII

Al cabo de un minuto, la muchacha llegó hasta donde estaban ellos.

El doctor Gerard hizo las presentaciones.

- Señorita Boynton, éste es el señor Hércules Poirot.

- ¡Oh!

Ginebra miró indecisa al detective. Entrelazó y soltó nerviosamente los dedos una y

otra vez. La ninfa encantada había vuelto del país de los encantamientos. En ese

momento era una chica corriente, tímida y ligeramente nerviosa, y se encontraba

visiblemente incómoda.

Poirot dijo:

- Ha sido una suerte encontrarla aquí, mademoiselle. Intenté verla en el hotel.

- ¿De veras?

Su sonrisa estaba vacía. Sus dedos empezaron a tirar del cinturón que ceñía su

vestido.

- ¿Quiere que paseemos juntos un rato? - dijo Poirot con suavidad.

Ella se movió dócilmente, obediente a su capricho.

Entonces, de manera inesperada y con una voz extraña y apresurada, dijo:

- Usted es... usted es un detective, ¿no?

- Sí, mademoiselle.

- Un detective muy famoso, ¿verdad?

- El mejor detective del mundo - contestó Poirot, afirmándolo como una simple

verdad, ni más ni menos.

Ginebra Boynton respiró muy suavemente.

- ¿Ha venido para protegerme?

Poirot se acarició pensativo el bigote y dijo:

- ¿Está usted en peligro, mademoiselle?

- Sí, sí.

La muchacha miró a su alrededor con rapidez y suspicacia.

- Ya se lo conté al doctor Gerard en Jerusalén. Fue muy listo. Primero hizo como si

no supiera nada, pero luego me siguió hasta aquel terrible lugar de rocas rojas.

Se estremeció.

- Pensaban matarme allí. Tengo que estar continuamente en guardia.

Poirot asintió indulgentemente.

Ginebra Boynton dijo:

- Es amable... y bueno. ¡Está enamorado de mí!

- ¿Sí?

- ¡Oh, sí! Pronuncia mi nombre en sueños.

Bajó la voz. De nuevo, una especie de belleza temblorosa y ultraterrena la envolvió.

- Lo vi... allí tendido, dando sacudidas y retorciéndose... y diciendo mi nombre... Me

fui sin hacer ruido - hizo una pausa -. ¿Ha sido él, quizá, quien le ha mandado llamar?

Tengo muchísimos enemigos, ¿sabe? Me rodean por todas partes. A veces van

disfrazados.

- Sí, sí - dijo gentilmente Poirot -. Pero aquí está usted segura, rodeada de su

familia.

La muchacha se enderezó orgullosamente.

- ¡Ellos no son mi familia! No tengo nada que ver con esa gente.



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